Hacia mucho tiempo que no salían de su caja y se notaba la emoción en el ambiente.
La música no cesó en toda la noche.
Pero sí que dejaron una muestra de su fiesta.
Ajenos al movimiento del sol (de las nubes no, ellas adoptan formas) los niños juegan en la tierra y en el suelo de piedra. El cadáver nunca fue encontrado, se lo comieron los lobos, en realidad fue la gonorrea, sin embargo, Nía no lo sabe… mejor así.
Viuda fue y en heredera se convirtió: deudas, unos manzanos y una piedra.
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Laún, adicta a las manzanas, compró una biblia y gracias al demonio aprendió a leer.
Memorizola y al cura fue:
-“Siete criaturas son, cuatro niñitos y tres pequeñas.”-susurraba ella a su oído- “Y yo, solo pido los manzanos.”
Sofocose el cura de hambre y se relamió gustoso.
-“Nía”-cortó el inquisidor-“has sido acusada de brujería, de maldecir, de pactar con el diablo, de negar a Dios todo poderoso, de no acudir a los oficios, de pesar menos que una oca, de hablar con gatos negros, de no transmitir tus conocimientos cristianos a tus hijos…
Nía no escuchaba… ¿para qué?
-… mañana serás quemada en la plaza.”-sentenció al fin.
Yo miraba a la mujer atada fuertemente al palo.
Estaba inconsciente.
Era invierno y no llevaba casi ropa, debía estar congelada, como aquel pajarillo blanco.
-“A menudo pueblo hemos ido a parar ¿eh?”- comentó el ilusionista.
Le observé, tenía una rara expresión en el rostro que me inquietaba y al mismo tiempo me emocionaba.
-“Quieta aquí”-me ordenó y entre pestañeo y pestañeo el ilusionista había desaparecido de mi lado.
El tiempo se detuvo, los copos dejaron de caer, querían ver que sucedía antes de morir en el frío suelo.
El ilusionista, como cuando nos conocimos, se acercó al pájaro de hielo y murmuró dulces palabras para traerla a la vida.
La mujer abrió los ojos de par en par, la plaza estaba vacía, los únicos espectadores: el ilusionista y yo.
El viento removió los copos para hacer correr el tiempo nuevamente.
Las velas prendieron en cada hogar, quemando al cura que al más pequeño de los niños acababa de desnudar.
Llegaron lobos de siniestras sonrisas, que murmuraban cuentos de niñitas perdidas.
En cuanto a la mansión del inquisidor, cayó repentinamente y se cubrió de enredaderas que la borraron del mapa.
La mujer comenzó a reír escandalosamente y congelo la sangre de Laún, que murió de terror, o de asfixia por un trozo de manzana, (está sin concretar, los médicos actuales solo entienden de sangrías.)
El pueblo dormía, los lobos aullaban, el cura ardía cual cerdo y entonces la mujer dejó de reír y comenzó a llorar.
El ilusionista la desató, cayendo ésta de rodillas sobre la fría leña.
-“Escúchame bien… ahora eres una bruja de verdad”-le dijo él.-“Nunca más serás acusada, así que, recupera a tus hijos y usa bien lo que te he dado”
Aterrorizada y entusiasmada vi como los lobos se arrodillaban dejándole pasar hasta mí.
-“Vámonos”-me dijo poniéndose su capa- “Ya hemos montado un buen espectáculo”- y rió por lo bajo.
-“¿Sabes? Hoy siento que no te necesito, que me he engañado a mi misma hasta tener que apoyarme en ti las 24horas…”
-…
-“Pero hoy siento… ¡No! hoy SÉ que no es cierto, que puedo vivir sin ti.”-Y diciendo esto se levantó de la silla, le temblaban las piernas “solo es miedo” se dijo "¡vamos!" y adelantó un paso hacia delante.
Cayó estrepitosamente.
La silla quedó unos metros por atrás, sonriendo, mirándola con superioridad. Durante apenas unos segundos la había creído capaz de irse… pero aún era suya.
La chica lloró en el suelo, tendría que volver arrastrandose, a su silla, una vez más.
Negro.
Meses después el desamor se deshizo del "des" y se convirtió en desamor
Fácilmente fue borrado el prefijo de tres silabas.
Y el mundo, nuevamente cogió color.
El viejo pincel fue arrastrado otra vez, pero, en esta ocasión partió de una base negra.
Una lluvia de colores fue mancillando el negro sin piedad comenzando con el blanco…
(esta historia pide ser leida con la primera canción del blog)
La muñeca abrió los ojos y pestañeó tres veces.
Tenía el cuerpo entumecido.
Movió los grandes ojos y un segundo después, le siguió la cabeza que quedó colgando levemente hacia un lado.
Falta de uso.
La alzó nuevamente.
Los pañuelos colgaban del techo.
Y el sol los limpiaba con templado.
Se incorporó.
Y cayó levantando polvo y dibujando una flor con el vestido al vuelo.
Olía a alfombra.
Desató el lazo y se puso sobre sus pies de un salto.
La polilla con bordados dorados voló de su espalda.
Ahora era una muñeca sin alas.
Miró como escapaba a través del espejo oxidado por el roce de las pestañas.
Las puntillas deshilachadas se estremecieron por el banquete.
Polvo acumulándose en la porcelana barata.
Fiesta de telas rozando el mantel.
El suelo se cubrió con la lluvia de cristal.
Y la muñeca fumó ron con pasas sin importar la demolición del caserón.
Aquella noche de otoño...


